jueves, 17 de noviembre de 2011

Túnez, la tentación vive abajo


La aventura empieza en la ciudad de Túnez, capital del país y puerta de entrada de la mayoría de viajeros que recalan en el aeropuerto de Tunis-Carthage o en el puerto de La Goulette. El encanto propio de las urbes mediterráneas emana de todos los rincones de esta histórica e influyente metrópoli cuyos orígenes se remontan a la época en que la princesa Dido fundó la fenicia Cartago, en torno al año 814 a. C. Uno o dos días son suficientes para desentrañar sus secretos. El resto del tiempo, podéis invertirlo en visitar las hermosas costas de Cártago, donde descansan coquetos pueblos como el turístico Sidi Bou Saïd, La Marsa o la fenicia Cartago.

Túnez, puerto entre dos aguas



Comunicada con el norte y el sur del país por sendas autopistas, en las últimas décadas Túnez se ha subido al carro de la modernidad y ha experimentado un espectacular cambio urbanístico, muy acusado en la denominada ‘ciudad europea’ o ‘  ville nouvelle’ y en los barrios más modernos de la periferia.

Tres son sus propuestas más suculentas: la ciudad vieja o Medina, la ciudad moderna de principios del s.XX y el acogedor y cosmopolita Paseo del Lago.

Atravesando la zona donde se concentran los edificios de los Ministerios y la sede del Gobierno, os adentraréis en el corazón del viejo zoco por la calle ‘Rue de la Kasba’. Si habéis visitado otros países árabes, probablemente no os sentiréis tan extraños en esta medina. El hecho de haber mantenido su estructura arquitectónica prácticamente intacta durante más de 500 años le ha valido la distinción de Patrimonio de la Humanidad, otorgada por la UNESCO en el año ¿ 0s encontráis en el auténtico centro histórico de Túnez. Aquí la vida fluye a otro ritmo. El viajero tiene la sensación de haberse sumergido en una ciudad distinta, una ciudad dentro de otra ciudad. No esperéis captar el verdadero sabor de la Medina con una visita fugaz a través de su entramado de callejas.
Para impregnarse de su esencia y comprenderla es primordial sepultar el tiempo y abandonarse al placer de los sentidos: oler, mirar, oír, degustar, tocar… Probablemente, experimentéis cierto agobio al ser increpados por todos y cada uno de los comerciantes que, ávidos de que adquiráis sus productos, no cesan en su empeño de convenceros de que sus precios son los mejores. No debéis preocuparos, se limitan a hacer su trabajo. Con un poco de paciencia, seguro que llegáis a un buen acuerdo y conseguís el producto anhelado; eso sí, deberéis dominar a la perfección la técnica del regateo. Os recomiendo encarecidamente que recorráis la zona del ‘zoco de los perfumes’, donde pervive la antigua tradición musulmana de vender perfumes sin alcohol. Otro aspecto curioso, es el ‘zoco de las mujeres’. Hasta él se acercan todas las chicas casaderas para adquirir su preciado ajuar. Los objetos son de lo más variopintos, pero el abanico tunecino es el más sugerente: sólo se utiliza en las bodas y está cubierto de plata y plumas blancas.




Es imposible recorrer toda la Medina en un solo día, pero no debéis dejar de visitar la Gran Mezquita de ‘Ez Zitouna’, construida en el s.IX por los emires aglabíes de Kairouan (no olvidéis que el viernes es el día sagrado para los musulmanes).

Como si de un viaje en el tiempo se tratara, la puerta de ‘Bab Swika’ (puerta del mar) os devolverá a la era moderna. Nada más atravesarla, hallaréis la ‘ciudad nueva’. Una opción muy acertada es recorrer la Avenida Bourguiba, que conecta el centro histórico con la zona nueva y desemboca en el mar. Modernas cafeterías y restaurantes, infinidad de tiendas y un ambiente de lo más cosmopolita os acompañarán en este agradable paseo. No olvidéis deteneros ante el Teatro Municipal, uno de los pocos ejemplos de arquitectura art nouveau del país.
Este intenso día por las calles de la capital tunecina merece ser sellado con un romántico paseo por el ‘Paseo del Lago’, que serpentea la Bahía de Túnez y constituye un gran motivo de orgullo para sus habitantes. Aquí la ciudad se abre al mar mirando a Europa con la elegancia y el glamour propios de las ciudades mediterráneas. Nada más placentero que degustar un  zumo de limón o un delicioso helado en alguna de las cafeterías que salpican el litoral. Como telón de fondo, las Montañas del Atlas recortan el horizonte marítimo. Si os acercáis hasta aquí durante la hora bruja, vuestro paseo discurrirá amenizado por la música de fondo que mana de diversos altavoces y el espectáculo acuático que ofrecen los manantiales que brotan del centro del lago .

No abandonéis Túnez sin visitar el Museo del Bardo, emplazado en las afueras de la ciudad. En su interior, podréis admirar una colección irrepetible de mosaicos romanos de los siglos II al IV, así como un elevado número de piezas de otros períodos tales como máscaras funerarias púnicas, bronces griegos o azulejos islámicos.

Aunque en cualquier época del año el lugar está invadido por hordas de turistas, la visita a Sidi Bou Saïd es ineludible. Asomando al Mediterráneo desde lo alto de una colina, su particular encanto reside en su entramado de coquetas callejas jalonadas por edificios azules y blancos que conviven en perfecta armonía. Desde cualquiera de sus azoteas la panorámica sobre la bahía de Túnez es indecriptible. Además del Museo de Tradiciones, donde podréis contemplar, entre otras cosas, escenas típicas de las bodas tunecinas o la reproducción de una sala de oración, lo más destacable es el palacio orientalista del barón de Erlanger. Dominando una colina con espectaculares vistas a un pequeño puerto deportivo y a la bahía de Túnez, se erige desde principios de siglo este palacio de estilo andalusí con influencias europeas. La afición a las artes y a la música del que fuera su propietario, un barón de origen alemán y nacionalidad francesa, queda patente en cada uno de los rincones del interior del palacio. No perdáis de vista la cantidad de fuentes distribuidas en los salones de las que emanaba agua con olor a jazmín y rosa o la interesante exposición de instrumentos musicales de procedencia internacional.




Rumbo a los oasis y al Sáhara tunecino
La mejor opción para llegar a la zona de los oasis y al desierto es el avión. La compañía nacional Tuniter? ofrece (frecuencia) vuelos a Tozeur, capital del desierto. Otra alternativa menos recomendable es recorrer los 600 km. que separan ambas ciudades en 4x4 o un vehículo similar, ya que hay que atravesar senderos un tanto tortuosos. Aunque ésta es la mejor manera de disfrutar del paisaje, el trayecto se hace muy pesado, ya que a partir de Sousse tan sólo podemos tomar carreteras secundarias y, creedme, pude comprobarlo personalmente, el camino se torna infinito…
A pesar de hallarse en medio de un oasis, Tozeur está totalmente acondicionada para el turismo, y cuenta con una zona donde se asientan hoteles pertenecientes a cadenas hoteleras occidentales. Todos ellos de cuatro o cinco estrellas y perfectamente equipados con las comodidades de cualquier hotel europeo. También tenéis la opción de alojaros en uno de los hoteles con encanto de la zona: ‘Dar Tozria’, un tesoro arquitectónico en pleno desierto, y ‘Dar Alia’, una casa de estilo morisco en el centro de Tozeur. Ambas, verdaderos templos del relax y la elegancia donde el gusto por el detalle alcanza su máxima expresión.
Tozeur constituye uno de los oasis más hermosos del país y cobija uno de los palmerales más espectaculares de la región. No en vano, tiene fama de cultivar los mejores dátiles de Túnez. Sus centros de interés más sugerentes son el casco antiguo (Ouled el-Hadef) (s.XIV), edificado en ladrillo típico morisco y el museo ‘Dar Cherait’, que reúne una extraordinaria colección de trajes y objetos tradicionales.

Lo ideal sería permanecer aquí dos o tres días. Así que, agenciaros un todo terreno con conductor (orientarse en el desierto es tarea imposible) y emprender la expedición. La primera ruta os conducirá hasta la región de los oasis de montaña más conocidos de Túnez, junto a la frontera con el país vecino, Argelia. Tres son las paradas obligatorias. En primer lugar, el punto más occidental de la ruta: Midès, un pequeño oasis flanqueado por un vertiginoso cañón digno de una instantánea para la posteridad. Este paisaje os resultará familiar, puesto que aquí se rodó la escena del accidente aéreo que sufre el protagonista de ‘El Paciente Inglés. La segunda propuesta es una visita el oasis que se extiende junto a la antigua ciudad abandonada de Tamerza, confinada detrás de una cadena montañosa. Aunque se encuentra totalmente en ruinas debido al desbordamiento del río en los años sesenta, merece la pena contemplar la panorámica desde el Hotel ‘Tamerza Palace’. Tras una intensa y cálida mañana, aquí podréis degustar especialidades gastronómicas tunecinas y refrescaros en la piscina de su agradable terraza.

De vuelta a Tozeur es obligatorio descender hasta Chebika, un espectacular oasis en el fondo de una garganta del que emana ‘la Gran Cascada’. Aunque está plagado de hordas de turistas, el lugar desprende muchísimo encanto. El tópico del oasis en pleno desierto cobra vida y nos regala una postal digna de reposar en los salones de vuestras casas. Pero lo más auténtico del lugar no son sus cascadas, ni las palmeras, ni tan siquiera el impresionante cañón, sino los intrépidos vendedores de los tenderetes emplazados en la parte de arriba del cañón. Su picardía y su audacia son tales que resulta imposible pasar de largo sin sucumbir a sus peripecias. Si os digo que saben latín me quedo corta: ‘¿Catalana?, ‘Barcelona es bona si la borsa sona’… ¿Cómo no esbozar una sonrisa y echar un vistazo a sus originales collares elaborados con huesos de camello? ¡No pude resistirme y acabé picando…! Si queréis adquirir bisutería o rosas del desierto aquí los precios son mucho más asequibles que en las medinas de las ciudades.

De la tranquilidad de los oasis a la inmensidad del desierto. No olvidéis vuestras gafas de sol y un foulard o similar para cubriros el rostro (la arena del desierto no se apiada de nadie) y preparaos para conocer uno de los paisajes más alucinantes: el desierto de arena con sus crestas doradas, sus silenciosos camellos y sus pueblos bereberes. Muy cerca de Tozeur, junto a la ciudad de Nefta, célebre por ser cuna del sufismo tunecino, el desierto de arena (erg) atesora algunos de los escenarios de película más célebres de la gran pantalla. Los incondicionales de ‘La Guerra de las Galaxias’ están de enhorabuena. Fascinado ante el exotismo del paisaje del sur de Túnez, George Lucas rodó aquí gran parte de las escenas de su popular saga. Adentrarse en los restos de sus decorados y merodear a tus anchas por su interior es una experiencia incomparable. Existe una ruta señalizada que sigue los pasos del afamado cineasta. El desierto de Túnez cobija también diversos escenarios del oscarizado film ‘El Paciente Inglés’. El más popular es el Onj Jemel un pequeño montículo semejante al cuello de un camello por razones obvias.


De Tozeur a Djerba

Tras una intensa expedición por la región de los oasis tunecinos, que mejor que sellar el final del viaje con una relajada estancia en la pintoresca isla de Djerba. Para llegar hasta ella desde Tozeur, deberéis recorrer la ruta Tozeur-Douz, considerada una de las más espectaculares del país, ya que hay que tomar la carretera que atraviesa el lago salado de Chott el Jerid, el más grande del norte de África. Su impresionante belleza reside en los espejismos que genera, sobre todo al atardecer, y en la sensación de irrealidad que experimenta el viajero cuando repentinamente perdemos nuestra línea de referencia: el horizonte.

Los 161 km. que separan Douz de Tozeur constituyen un itinerario muy interesante en el que se alternan gran diversidad de paisajes. A pocos kilómetros de Kebili no dudéis en descender del vehículo para contemplar de cerca las increíbles y curiosas formaciones de arena de Debebcha. Más adelante, la pequeña población de Douz, puerta del Sáhara, bien merece un alto en el camino. De aquí parten la mayoría de las expediciones que recorren el desieto. Para adentrarse en él es necesario hacerlo 4x4 o en camello. Si no disponéis de tiempo suficiente para tal hazaña, podéis apaciguar la tentación fotografiando y, por qué no, acariciando a los dromedarios que descansan a las puertas del desierto.

El acceso a la pintoresca isla de Djerba puede realizarse por tierra, mar o aire. Un trasbordador recorre los cinco kilómetros que separan el puerto de Jorf, en tierra firme, de la localidad de Ajim, al suroeste de Djerba. Desde Zarzis, al sureste de Túnez, lo mejor es seguir la carretera que cruza el puente romano y conduce hasta la zona turística de la isla. Por último, el aeropuerto de Houmt Souk ofrece conexiones diarias entre Djerba y la capital de país.

Lo más destacable de esta pequeña isla que reposa en el extremo meridional del golfo de Gabes es que, a pesar de haber entregado sus zonas costeras más hermosas al próspero negocio del turismo, en su interior sigue conservando su sabor rural y apacible de antaño. La afabilidad y humildad de sus paisajes y sus gentes contrastan con la elegancia y suntuosidad que desprenden los grandes resorts de las zonas turísticas. Cierto es que dichos hoteles son maravillosos y que en ellos puedes tocar el cielo con las manos, pero también es cierto que si decidís encerraros en ellos, una opción muy respetable para los que quieran huir del mundanal ruido y entregarse al placer del relax, os perderéis todos los encantos que destila este hermosa isla. Tanto es así, que, según cuenta la leyenda, el mismísimo Ulises se entregó aquí a los placeres que le ofrecía la nimfa Calypso.

Además de sus 128 km. de playas de arena fina y sus cálidas aguas, Djerba cuenta con gran diversidad de atractivos. Entre ellos, el fuerte español, emplazado en Houmt Souk, capital de la isla. Su nombre se debe al hecho de que en el s.XIV fue reforzado para proteger a los habitantes de Djerba de los ataques de los españoles en 1432. La siguiente parada de nuestra ruta es el zoco de Houmt Souk, mucho más sosegado que el de la bulliciosa Túnez. Lo más característico es la subasta de pescado, que se celebra casi todos los días en la zona del mercado. Si tenéis la suerte de presenciar una, fijaros en el código de señales que utilizan vendedores y compradores para comunicarse, llegando a un acuerdo sin mediar apenas palabra.
Saciadas las ansias consumistas, proseguimos el itineario hacia El Ghriba, en el centro de la isla. Aquí descansa la sinagoga de El Ghriba, que es la más importante de Túnez. Se trata de un destacado centro de peregrinación para los judíos del norte de África. Por ello, cuenta con un albergue donde se alojan los peregrinos que llegan hasta el lugar. Aunque su construcción data del año 586 a.C, el edificio actual se construyó en el s.XX. Probablemente tengáis la suerte de contemplar cómo estudian la Torá algunos rabinos en el interior de la sinagoga. En Djerba viven alrededor de 1.300 judíos que se dedican principalmente al comercio de joyas.
Al sur de la ínsula, Guellala pone el broche de oro a nuestro particular recorrido por Djerba. Esta localidad es popular por sus cerámicas. Desde hace miles de años sus alfareros ejercen su oficio con maestría. En algunas tiendas, es posible contemplar cómo trabajan las piezas con arcilla extraída de minas de hasta 80 metros de profundidad. Ni que decir tiene que aquí se pueden adquirir las típicas cerámicas de Djerba a precios muy competitivos. Si disponéis de tiempo no dejéis de visitar el Museo de Tradiciones Populares, donde se recrean escenas de la vida tradicional tunecina.

Texto: Esther Rodríguez Andreu
Fotografía: Jonathan Alonso
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